Manolo
Por Ángel Oliver. 25-08-2009
Hoy he sabido, sin detalles, cómo murió mi gatito. Tenía 4 años, atigrado, fuerte pero con ese cariño digno que solo los gatos pueden ofrecer. O quizás hay otros seres que no conozco igual de capaces.
Era verano y se presentó por fuera de la terraza con su porte de juguete animado capaz de absorber la atención y el cariño de un bebé de pocos meses. De momento solo pedía, y con qué personalidad, comida. Después se ponía a dormir o pensar bajo los coches. Hasta que hubo que tomar una decisión: con unos guantes y una manta y jamón dulce se encontró en esas cajas horribles con rejas. Se rebeló y me dejó su firma en la piel.
Se adaptó bien con un perrito y una gatita que entonces vivían en casa. Con el tiempo tuvo nombre, Manolo. Le dejaron inservible sus atributos, aunque sus pequeños huevecitos, negros, eran un simpático adorno y pasó a ser alguien imprescindible.
Buen comedor de pescado y carne, soñador de día y ausente con la luna hasta el nuevo día. A pesar de que las gatas no eran su objetivo se peleaba y hubo que operarle: un compañero le clavó sus uñas. Sobrante de cariño y caricias, hablador, depredador chuleta del tipo "ahí va eso", aunque algunos de sus pajaritos que me presentaba logré salvarlos. Supimos ser amigos, jugar y charlar (¡cómo lo hacen los gatos!) sin pasarnos.
Yo tenía esa parte de felicidad que da un ser honesto, que reconoce a quien le da afecto. Todo sencillo y grande a la vez.
Tenía miedo contenido hasta una noche en que lo descubrí cruzando una calle con tráfico: comprendí que no vería a Manolo como un gato viejo. ¿Pero qué puede hacerse con quien necesita salir y lo pide con uñas y lamentos?
El jueves, anochecido, salió como siempre, altivo, saltó la terraza y yo no pensé en nada especial; es verdad que mi miedo lejano me avisaba a veces. No esa noche.
Desperté tarde y, cosa rara, no pensé inmediatamente en Manolo ni fui a ver la terraza donde tenía su sillón para dormir cuando no venía a la cama. La alarma que avisa de lo inevitable. Pero todavía la esperanza que dura todo el día, pensando en lo imprevisibles que son los gatos.
A la noche llegó la casi certeza, llorar y pensar. Con mi compañera recorrer los alrededores y decir su nombre; eso aliviaba. He preguntado a vecinos y por fin hoy un amigo me ha dado la pista: vio en la carretera un gato poco después de ser atropellado: he ido y sí. Manolo no estaba pero había su collar destrozado y restos de su sangre y su pelo aplastado.
He llorado sereno, sin rabia ni sentimiento de culpa. Mis amigos me han ofrecido conversación y comprensión, son grandes amigos de sus animales. Y me han abierto la mejor botella de whisky q tenían.
Es mejor saber qué ha pasado, pero el dolor es fuerte, soy incapaz de comer. Solo he podido salir para llevar comida a unos gatitos callejeros que alimentamos entre varios vecinos: me ayuda. Cuando esté más sereno seguramente invitaré a casa a uno de ellos.
Un psiquiatra diría que estoy elaborando mi duelo y es probable que tendría razón.
Pero sé que es difícil que haya querido a alguien como a Manolo.


