Mi gatita Luna
Por Elena Fernández. 10-05-2009
Mi gata Luna vino un día a mi vida sin esperarla. La cogimos de la huerta donde vivía con su mamá, pero llegaba el invierno y la mamá no la cuidaba y la encontramos medio ahogada en el césped, desnutrida. Tenía un carácter superbueno, yo fuí la primera persona que la tocó y se durmió dulcemente en mis manos. Ese día supe que me acompañaría por el camino de la vida hasta que Dios quisiera.
La tuvimos con nosotros dos años y medio, me seguía a todas partes, era mi amiga, mi compañera, mi confidente. Cuando tenía algún problema en el trabajo la única que era capaz de calmarme era mi Luni, como yo la llamaba. Cuando tardaba en levantarme ella me daba con su patita para que me levantase, para que jugase con ella. Si me iba a estudiar, con ella me saqué la oposición, ella se ponía en mis papeles, justo debajo de la lámpara pues era muy friolera, como yo.
Era pinta y con unos ojos tan grandes que te dejaban impresionada con solo mirarla. Cuando me levantaba daba un saltito de alegría cuando yo pasaba a su lado, y si cocinaba o estudiaba o veía la tele o estaba en el ordenador, ella estaba a mi lado.
Nunca me sentí sola con ella, ella me dio su amor y compañía sin esperar nada a cambio. Se tumbaba conmigo y veía la tele, me almohadillaba y me extendía su patita y me abrazaba. Acto seguido suspiraba, como diciendo qué a gusto estoy contigo, y se ponía a ronronear.
Cuando alguna vez he llorado, el animal asustado venía y me tocaba y me miraba como preguntando qué me pasaba, se asustaba, ya sabéis que carita ponen, y solamente tocándola me podía calmar. Me ha dado tanto, mucho más que yo a ella.
De repente, el 2 de abril de este año 2009, tuvimos que sacrificarla. Dos días antes empezó el cambio, un cambio horrible. Estabamos mi marido y yo en el sofá y ella durmiendo tranquilamente. De esas veces que están soñando pero esta vez intuí que era algo diferente. La moví porque pensé que le pasaba algo, y cuando despertó era otra gata. Echó las orejas hacia atrás y emitío unos maullidos de amenaza y de horror que espero que nunca tengáis que oír porque nos hemos quedado traumatizados. Se me lanzó a atacarme, luego fue hacia mi marido, nos pilló desprevenidos en el sofá, logramos salir del comedor y apagar todas las luces y dejarla encerrada. LLamamos al veterinario de urgencias sobre las 12,30 de la noche sin saber qué hacer, nos dijo que la dejásemos encerrada para que se tranquilizase y miráramos a ver al día siguiente, pero que si nos había atacado podía volver a hacerlo.
A la mañana siguiente, oí su maullido normal, asustada pero normal, abrimos la puerta y allí estaba ella, mi Luni de siempre, restregándose contra mis pies y pidiéndome cariño. Yo intenté olvidarme del ataque anterior, aunque sabía que le pasaba ya algo irremediable. Pero no lo quería ver. Estuvo tranquila todo el día pero cuando llegó la noche, sobre la misma hora volvió a pasar. Esta vez, cuando la miré y vi su cara supe que le volvía a dar lo que fuera. Nos pilló de pie y pudimos salir del comedor, esta vez haciéndole un poco de frente, porque si no, se nos tiraba. Era otro animal. No era ella. Pero era ella.
¿Qué haríamos? No había solución, pero a la mañana siguiente volvió a suceder, y decidímos llevarla al veterinario con todas las consecuencias pues al animal le pasaba algo muy fuerte, tan fuerte como para atacarnos cada vez que nos veía. Fuímos al vete y la chica nos dijo que no había nada que hacer, que en el mejor de los casos no nos podía garantizar que el animal no volviera a tirársenos o que le hiciera daño a nosotros o a alguien que fuera a la casa, que lo más seguro es que fuera un tumor cerebral por lo que le habíamos contado y el animal, los gatos, al sentirse malos, descargan agresividad frente al que tienen delante.
Lo peor de mi vida hasta ahora, la decisión que ha cambiado mi vida, la mejor para mi gata y para nosotros, porque ella iba a morir de todas formas y parece ser de una manera horrible, fue dejarla allí, mientras me miraban sus ojazos. Esa última mirada.
Ahora me siento triste y me siento culpable y pienso: "Si hubiera estado más pendiente, si hubiera jugado más con ella, si no la hubiera despertado aquella noche..."
Y allí se quedó, me dice el vete que no iba a sufrir pero me encuentro mal, nos encontramos mal. Cómo un animal tan dulce pudo ser así, pero es por la enfermedad, ahora intento pensar en ella como era, con esa dulzura y ver esos ojazos y esas pedazo de orejas y su boca con un lunarcito y esas patillas con tantos colores.
Te quiero, Luni, mi Luni, espero que algún día nos volvamos a encontrar y no me guardes rencor. No teníamos más remedio, lo sabes, ¿verdad? Te quiero, Luni, te querremos siempre Jesús y yo.


