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El gato "trabajador"

A diferencia de los perros, el gato no realiza tareas laborales específicas. Pero sus dotes de cazador de ratones y su fascinación como animal de compañía le bastan para hacerse imprescindible.

Paradójicamente, el gato fue domesticado en un principio para trabajar como cazador de roedores y otros pequeños animales dañinos para el hombre, y así protegían los graneros y molinos. Pero actualmente se le aprecia casi exclusivamente por su belleza y su compañía.

Durante siglos ha sido muy apreciado por los campesinos, que a cambio de proporcionarles comida y cobijo recibían protección de sus cosechas. Más tarde se usaron también en las bibliotecas por el mismo motivo, en este caso preservar los libros de la acción de los roedores. En 1911 en Venecia se asignó incluso a los gatos el estatus de “guardianes con bigotes”, para los cuales se asignaba una cierta suma para proveer a su sustento.

Pero el trabajo del gato es también muy apreciado en el mar. En los barcos no sólo defendían las bodegas del ataque de los roedores, sino que también evitaban que estos animales destruyeran los cordajes, las velas e incluso la madera del casco.

Tan importante era la labor de los gatos que incluso las compañías aseguradores obligaban en los contratos a llevar gatos a bordo. De esta forma se liberaba al capitán de toda responsabilidad en relación con los graves daños provocados por las ratas.

En Francia, en el siglo XVII, Colbert oficializa la presencia de los gatos a bordo de las naves. Claros y precisos, los permisos de navegación son formulados en estos términos: La nave está en condiciones de navegar: hay dos gatos a bordo. Pero su presencia es bajo su exclusiva responsabilidad: los gatos embarcados en una nave pueden ahogarse bajo la furia de las olas que se abaten sobre el puente, o bien perderse en los puertos donde atracan, o peor aún, ser víctimas de desagradables y macabras desventuras, como se puede leer en el libro de Claude Arnette, “La fauna de los grandes veleros durante los viajes de largo recorrido”: Un día, un grumete imprudente olvidó al gato en la gran despensa (reservada a los víveres). Al día siguiente por la mañana, no quedaba de él más que la cabeza sobre el suelo, el resto había sido devorado. Y el autor se pregunta: ¿Qué puede hacer un pobre gato contra una horda de ratones furiosos por la falta de agua?. Un detalle no marginal en un velero: el agua, que bajo la forma de rocío matutino cubre las velas, atrae a los ratones que trepan por el mástil y desgarran las velas, al punto de dejarlas inservibles. Nos damos cuenta de cuán indispensables es la presencia de un gato. Y Arnette cuenta también de forma detallada las costumbres del gato frente a su “patrón”: A bordo del “Marguerite-Molinos nuestro felino llevaba los ratones al primer teniente y se los depositaba sobre el diván.

El gato cazador de ratones se impuso como único “agente sanitario”, hasta un día del año 1975, cuando fue exiliado de la Royal Navy que dio inicio a la desratización química.

El gato ha protegido también la salud en las ciudades. En Venecia, por ejemplo, donde el mar y los canales han favorecido una anormal difusión de ratas y ratones, los gatos han sido imprescindibles.

Por último hay un curioso ejemplo de entrenamiento de gatos para la guerra. Basándose en la leyenda de la magnífica visión nocturna de los gatos, el ejército estadounidense adiestró a los felinos en la oscuridad para usarlos en la guerra de Vietnam en 1968.

Estos gatos debían asistir a las patrullas en sus reconocimientos nocturnos, pero un informe oficial del ejército revela: “los grupos fueron guiados por los gatos en diferentes direcciones y en ocasiones los soldados fueron llevados en persecución de gatos vagabundos o de pájaros. A menudo los gatos se negaban a moverse, los soldados debían arrastrarlos y, como se puede imaginar, con muy escasos resultados, es más, la mayoría de las veces los gatos atacaban las mochilas de los gatos que los precedían. Además, era imposible encontrar a los gatos en los campamentos”.

Aparte de su capacidad para cazar ratones, el gato no parece precisamente un animal nacido para trabajar. La única tarea que se le puede asignar es la de hacernos compañía.

Tomado de El gato. Volumen 6. Editorial Planeta – De Agostini, S.A. Barcelona, 1994.

Contribución de Isabel Gil

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