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Inicio » El gato en la cultura » Acaso un hada, acaso un dios

Acaso un hada, acaso un dios

Charles Baudelaire (París, 1821-1867), último gran autor romántico y precursor de la poesía moderna, provocó un gran escándalo en 1857 con la publicación de Las flores del mal, que le valió una condena por obscenidad. No sería, en todo caso, por sus dos poemas titulados El gato.


El gato

I

En mi mente se pasea,
Así como en su morada,
Un hermoso gato, fuerte, suave y cautivante.
Cuando maúlla, apenas se le oye,

Pues su timbre es tierno y discreto;
Aunque esté tranquilo o fastidiado,
Su voz siempre es rica y profunda.
En ella está su encanto y su secreto.

Esa voz, que gotea y se filtra
En la tenebrosa profundidad de mi ser,
Me colma como un inmenso poema
Y me regocija como un brebaje mágico.

Ella adormece los males más dolorosos
Y contiene todos los éxtasis;
Para pronunciar las más largas frases
No necesita palabras.

No, no existe ningún arco que penetre
En mi corazón, instrumento perfecto,
Y haga cantar, de forma más regia,
La más vibrante de sus cuerdas,

Aparte de tu voz, gato misterioso,
Gato seráfico, gato extraño,
Cuyo ser entero, como el de un ángel,
Es tan sutil como armónico.

II

De su pelaje rubio y moreno
Emana un perfume tan suave,
Que una noche al acariciarlo una vez,
Sólo una, quedé embalsamado.

Es el alma familiar del lugar;
Juzga, preside, inspira
Todo lo que en su imperio le rodea;
Quizás sea un hada, quizás un dios.

Cuando mis ojos, hacia ese gato que amo,
Atraídos como por un imán
Se dirigen dócilmente
Y miro al interior de mí mismo,

Veo con extrañeza
El fuego de sus pupilas pálidas,
Claros fanales, ópalos vivos,
Que fijamente me contemplan.


El gato

Ven, bello gato, a mi amoroso pecho:
Retén las uñas de tu pata,
Y deja que me hunda en tus ojos hermosos
Mezcla de ágata y metal.

Mientras mis dedos peinan suavemente
Tu cabeza y tu lomo elástico,
Mientras mi mano de placer se embriaga
Al palpar tu cuerpo eléctrico,

A mi señora creo ver. Su mirada
Como la tuya, amable bestia,
Profunda y fría, hiere cual dardo,

Y, de los pies a la cabeza,
Un sutil aire, un peligroso aroma,
Bogan en torno a su tostado cuerpo.

Charles Baudelaire. "Las flores del mal", 1857

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